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La burra de don Simón

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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ERP/Miguel Arturo Seminario Ojeda. Los Ojeda Alcas eran varios hermanos que nacieron en tierras de Somate, entre Zapallal, Las Playas y Tambogrande, algunos vivieron en Pedregal, predio que en el virreinato fue propiedad de los Díaz de Pedregal, de donde deriva el nombre de este pueblo, que finalmente se redujo solo a Pedregal.

Hoy nos parecerá raro que una mujer se llame Hermógenes, pero una de las Ojeda Alcas fue bautizada así, los otros, Adelina, Daniel y Carmen, hermanos de Simón, terminaron viviendo en Sullana. Eran tiempos en que el patrón de la socialización no admitía que los niños participaran en las conversaciones de los mayores, limitándose a los juegos propios de la edad, con gente de fechas similares a sus nacimientos. La figura paterna era el centro, un fuerte machismo imperaba en el ambiente familiar, y así se amanecía y anochecía en el universo rural, cuyo movimiento comenzaba a veces, antes que cantaran los chilalos a las 6 de la mañana.

Simón Ojeda Alcas había enviudado y vuelto a casar con una profesora de Catacaos, Natividad Juárez, que continuó la crianza de los nietos de su esposo, los hermanitos Rey Ojeda, hijos de Federico Rey García y de Aurora Ojeda, quienes a falta de su madre, quedaron con el abuelo materno. Simón era mayoral de la hacienda Chilaco, bastante diestro en la vigilancia del trabajo de los peones, buen baqueano, y distinguía sin entreveros, el rastro de los animales del campo, sin equivocarse de huellas, no confundió jamás las de los pumas, con las de los burros , caballos, cabras y carneros. Siempre que se lo proponía, estaba tras la presa, y llegaba hasta sus destinos, por muy lejano que se encontrara el animal.

Una noche, cuando realmente estaba muy caída la tarde y las nubes arreboladas ya estaban negruzcas, un desesperado campesino, perdido de su burra llegó hasta la casa del mayoral a proponerle un trato, un pago especial, si en un máximo de tres días ubicaba a la hembra perdida. Acordado el trato, Simón se puso manos a la obra, y destinó a dos campesinos para la búsqueda en el cerro Ereo. Era imposible que un animal sobreviviera varios días sin agua, la burra era negra, estaba parida, había perdido a sus crías, y su propietario estaba vendiendo la leche a buen precio, por suponerla la gente de propiedades medicinales.

Eran tiempos en que los primeros autos estaban llegando a Sullana, el transporte se hacía a lomo de bestia, por eso la burra resultaba doblemente valiosa, no solo por la leche medicinal, sino también por el transporte en aquellos campos llenos de sol, en medio de un verano como ese de 1918, en que parecía que los rayos efebos se abrían como paraguas y bajaban a velocidad eléctrica desde el cielo, hasta Chilaco y Somate. La burra negra había desaparecido misteriosamente, el dueño presumía que algún manaturaloso la soltó, envidioso por los dividendos que le generaba la venta de la leche, esa misma leche que en 1956 salvó de morirse a Soledad Columbus, cuando una fuerte irritación intestinal puso en peligro su vida, con la leche de burra negra se salvó, y hasta ahora la vemos siempre llena de la energía que se atribuye a la leche de burra negra.

El dueño de la burra estaba ansioso, desde esa misma noche empezó a contar las horas por la necesidad de recuperar a su animal. Pero parece que era un día de suerte para don Simón, uno de los peones le avisó que una burra estaba tomando agua en un pozo cercano, en medio de la luna casi llena que se alzaba hasta lo alto del cielo, presurosos llegaron hasta el jaguay, y don Simón Ojeda Alcas divisó las marcas que había mencionado el propietario, era la burra perdida, que sedienta había oteado en el aire y localizado la fuente de agua. Cuando llegaron a la casa con la burra, Rosa, la nieta mayor de don Simón escucho todo el relato, y el acuerdo de no informar al dueño de la burra sobre el repentino hallazgo, sino hasta la fecha convenida.

Y así fue, cuando apareció el dueño, Simón y los peones dramatizaron en exceso los supuestos esfuerzos que les había significado la captura, pretendieron hacer creer al dueño de la burra, que tras los 3 días recién pudieron apresar al animal. La niña Rosa ignoraba que iban a cobrar por la entrega, y sin darse cuenta quizá de toda la conversación, dijo, interviniendo en el diálogo: “abuelito, esa no fue la burra que bajó sola a tomar agua al jaguay y la empuñaron de inmediato”. Salvando la situación, frente al apuro en que lo puso su nieta, don Simón alcanzó a decir, “no Rosita, esa fue otra burra que entregué a su dueño ayer”. Seguro que tras hacer el pago, el propietario de la burra negra se retiró cargado de dudas, pero con la tranquilidad de regresar montado sobre ella, cargada de leche, como si sus mamas se hubiesen convertido en un manantial, total, con la venta de la leche recuperaría el dinero pagado a don Simón.

Cuando dueño y burra ya estaban lejos de la casa, don Simón pidió a Rosa que le alcanzara el chicote que tenso esperaba entrar en acción desde el interior del baúl, el experimentado abuelo lo dijo en un tono como quien necesitaba espantar a unos perros, la ya casi adolescente muchacha regresó con el cabestro y lo puso en manos de su abuelo, quien chicote en mano le preguntó: “hijita, que me dijiste hace un rato cuando vino el señor que acaba de irse”, recién la nieta de Simón entendió que no debió meterse en conversaciones de mayores, quiso correr y ya era demasiado tarde, dos chicotazos sobre la espalda no le permitieron dormir tranquila toda la noche, aprendió la lección que se imponía en esa época, pero hasta el final de sus días el año 2007, siempre recomendaba, LOS CHICOS NO TIENEN PORQUE METERSE EN CONVERSACIONES DE VIEJOS, y menos en conversaciones ajenas.

Miguel Arturo Seminario Ojeda/Presidente Honorario de la Asociación Cultural Tallán.

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