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Cómo se curaban los piuranos hace un siglo

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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ERP/Miguel Arturo Seminario Ojeda. Estaba en Quito hace un año, cuando de pronto, hablando de la socialización con mis amigas del Museo de la Democracia de Pichincha, puse como ejemplo la canción de la muñeca azul, esa que los niños cantaban hasta el cansancio agarrados de la mano, por ser de una música y letra entretenida que daban ganas de repetir, casi no hubo noche de verano, en que mis hermanas, las niñas Velasco Farías, las Oviedo Valencia y Atocha Vilela la repitieran una y otra vez.

Los niños cantaban “tengo una muñeca de vestido azul, con zapatos blancos y medias de tul, la llevé a la calle se me constipó, regresó a la casa con mucho dolor, la llevé al médico y le recetó, 5 cucharadas de aceite castor, brinca la tablita que ya me cansé, salta el farolillo de la puerta azul, dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis” . Pero, que tiene que ver esta ronda con la forma en que los piuranos se curaban hace tiempo, ya lo veremos a continuación. La letra de esta canción infantil, al parecer fue adecuada en cada sociedad, a la forma como la entendían los adultos, digo esto, porque en Ecuador tiene una letra algo diferente a como la cantan en República Dominicana, de igual manera en Perú, Colombia y en Argentina, lo cierto es, que no faltan como personajes, la muñeca vestida de azul, el médico, y el jarabe, luego sabremos porqué.

Cuando los españoles llegaron a América, la herbolaria indiana era la manera más común para curarse, el restablecimiento de la salud consideraba el conocimiento de las yerbas que dominaban los curanderos y los herbolarios, y poco a poco se fue combinando con la farmacopea occidental, frente al recelo de los unos y desconfianza de los otros, que tenían sus propias formas de restablecerse la salud. Ignoramos específicamente las formas de cura de los tallanes, pero es de suponerse, que habían arrancado secretos a los vegetales, y la cura a base de yerbas debe haber estado presente, y las que no eran propias de la región, las habrán intercambiado con las procedentes de otras latitudes. Hasta hoy no faltan puestos de yerbas medicinales en los mercados, y cada vez en mayor número, ahora que hemos redescubierto y revalorado la medicina tradicional.

No hace mucho Luisa Chulli Castillo estaba indispuesta, y en broma recomendé a sus hijas que le dieran Sal de Uvas Picot, sin poder olvidar la propaganda que escuche por radio hace 50 años: “Cuando alguien tiene, mala digestión, al instante burbujita entra en acción”. Las niñas repitieron en coro, eso ya no existe, y esto me hizo recordar, que el efecto que se buscó en el proceso de socialización a través de la canción de la muñeca azul, ya no es el mismo de épocas cuando los medicamentos eran preparados por el farmacéutico y no había grajeas y cápsulas como hay ahora, con las que la fórmula magistral convertida en pastillas, va directamente hasta el estómago. La ronda contribuía, a que los niños voluntariamente tomaran los medicamentos que se disolvían en agua y se daban en pequeñas cucharaditas, por el sabor amargo de los compuestos; por eso los árabes habían inventado los jarabes, pero al parecer, no todos los medicamentos se pueden convertir en jarabes.

Al aproximarse el Centenario del diario El Tiempo, empecé a leer las ediciones del decano de la prensa piurana, de enero a diciembre de 1916 en la Biblioteca Nacional, y al ver la publicidad de remedios de la época, recordé de inmediato, que leyendo cartas de piuranos de los siglos XVIII y XIX, había visto las recomendaciones que se hacían destinatarios y remitentes, con respecto a problemas de salud, y esto lo tengo registrado de los documentos consultados en el Archivo General de la Nación, principalmente.

Por la publicidad del siglo XX, podemos enterarnos del uso de remedios como las píldoras rosadas del doctor Williams “que curan los males del estómago, porque en su calidad de tónico para la sangre, los nervios dan robustez, y con ello, buena digestión”; de manera paralela se ofrecía la Preparación de Wampole, para purificar la sangre, por medio de su acción en las funciones excretorias del cuerpo; y las Píldoras Antibiliosas de Doan para curar el estreñimiento y sus consecuencias como mala digestión, así como el Jarabe de Leonardi, efectivo contra las lombrices. En este rubro no puede dejar de mencionarse al aceite de castor, o aceite ricino de propiedades beneficiosas para el cuerpo humano, en especial en asuntos para el estómago, ahora se toma en píldoras, pero los que pasamos los 50 años, lo hemos tomado por cucharadas.

Asimismo se recomendaba la Emulsión de Scott, alimento concentrado para los anémicos, para la debilidad pulmonar (tuberculosis), fortalecimiento del organismo, y como una plena garantía para el desarrollo sano de los niños, además de curar otros males. Las Píldoras de Foster para los riñones, sobre todo de los ancianos, tenían gran acogida, como sucedía con las tabletas de aspirina Bayer. En medio de todo esto, no faltaban las especialidades Leonard, la Loción Victoria, reproductora y regeneradora de cabello, de efecto parecido al Tricófero de Barry; o el Salvitae, como disolvente del ácido úrico, que se ofrecía como antirreumático.

Leyendo los diarios de fines del siglo XIX y comienzos del XX, así como el Almanaque Bristol donde aparecen una serie de recetas y se promocionan medicamentos, hemos podido apreciar cómo se curaban los piuranos y peruanos de esa época, donde al lado de los parches de árnica, la manteca de culebra, la Sal de ENO, el ponche, o las panetelas que mejoraban desórdenes estomacales, también estaban la leche hervida con pasas y canela para curar los resfriados y alteraciones pulmonares leves y principios de asma.

En los puestos de los mercados no faltaba llantén, orégano chino, piñones, o la famosa hierba pedorrera de efecto contra la diarrea, y contra los parásitos estomacales; también el alumbre, trozos de azufre para el aire, o recomendaciones para sentar a los niños sobre un ladrillo caliente cuando estaban con pujos; mientras que las farmacias y boticas ofrecían pastillas sulfatiazol y mejoral, aceite de hígado de bacalao, y otros tantos tónicos, un tanto ya desaparecidos, o sustituidos por otros elaborados sobre la base de los anteriores, pero mejorados en su calidad, y con mejor efecto que los de sus predecesores.

En 1942 mi abuela materna estuvo con la pierna infectada, casi gangrenada, y a punto de amputársele, frente a su negativa de intervención del cirujano, providencialmente apareció doña Liberata, una herbolaria de Sullana que recorría las calles en su burrito, ofreciendo yerbas y toda la sabiduría que había acumulado de la cultura tallán, doña Liberata la tomó a cargo, pidió con urgencia espinas de faique, unos trozos o ungüento de diaquilón en la farmacia, y harina para hacer un engrudo. Mi abuela soportó el dolor como verdadera capullana, la pierna hinchada, a punto de perderse, con pus, y endurecida, no podía dejar de correr el riesgo que le ofrecía la sabiduría popular mezclada con la alquimia.

La señora Liberata descarnó sin anestesia con la espina de faique, una esquina de la rodilla de mi abuela, introdujo después el diaquilón, y preparó un engrudo con el que taponeó la herida. Tres días después que mi abuela Rosa Rey Ojeda “clamaba al Dios verdadero” por la experiencia sin anestesia, la pierna dio señales de salvación, toda la pus se “maduró” y fue eliminada mientras doña Liberata exprimía la pierna de mi abuela, hasta que mejorada totalmente empezó a caminar, dando siempre gracias a Dios, por esa sabiduría de doña Liberata.

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